La cima del Tibidabo

El viento soplaba con fuerza el 24 de febrero, el cielo solo estaba medio cubierto por esa tupida manta gris característica de un buen día de invierno, en que ni llueve ni hace sol. Cómo estudiante estresada decidí apuntarme al ascenso al Tibidabo, dícese que no hay mejor remedio a la falta de rendimiento que un cambio de aire, y si es fresco mejor, pues bien, el del sábado podía catalogarse de fresquísimo. Esto sin embargo, no nos impidió tomar las mochilas y emprender el ascenso al monte, desde la mismísima puerta de la residencia.

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Tras ascender en ruta turística por ciudad, cruzando la ronda de Dalt frente a la Abat Oliba, dejamos atrás los coches, el humo, el ruido y comenzamos el auténtico camino entrando a la carretera de les Aigues, un paseo que sin duda recomendaría hacer completo a cualquiera que le gusten las vistas al mar desde los pinos, pero que no era nuestro objetivo del día.

Así pues, llegados al primer mirador comenzaron a desvanecerse los pensamientos sobre entregas pendientes, exámenes, prácticas etc etc etc, allí quedaba lugar únicamente para la crítica a la pendiente y la apreciación paisajística.

Llegamos a la cima tras recorrer el camino, en que uno aprovecha para descargar tensión a base de pierna, y decidimos hacer una visitilla al templo expiatorio antes de comer, de tal suerte que se nos ofreció la posibilidad de subir a lo más alto, oportunidad que no se nos ocurriría dejar pasar.

IMG_1087Definitivamente las cosas se enfocan desde otro punto desde lo alto, eso sí, pegados a la pared, porque el viento, nuestro compañero a ratos durante el ascenso, soplaba con especial insistencia allá arriba, y es que nada cómo ver la ciudad de Barcelona al completo, el mar y las verdes extensiones hacia Sant Cugat, Terrasa y Sabadell, para sentirse más ligero, especialmente si uno siente que con la próxima ráfaga puede salir volando.

La comida, en plan picnic y al abrigo, entra siempre mejor después del ejercicio, y tras una entretenida sobremesa comentando “Cartas del Diablo a su Sobrino” decidimos, bajar de nuevo andando.

Un día de lo más relajante para todo aquel al que le guste caminar, la montaña, las vistas y por supuesto una de las mejores formas de tomarse un buen respiro en medio del incesante traqueteo de los exámenes de Enero.

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